viernes, 23 de agosto de 2013

La Bitácora

por el Dr. Álvaro Bastida
En marzo del presente año fui amablemente invitado a participar en el programa televisivo La Bitácora, presentado y dirigido con mano maestra por Magdalena del Amo. A lo largo de una intensa y extensa entrevista puse en perspectiva diversos temas relacionados con la salud buco-dental. Espero que sean de vuestro interés.

El bello título del programa me inspiró una una serie de pensamientos que encontraréis más abajo. Pero comencemos con la entrevista (si no puedes ver el vídeo en la ventana inferior, pincha en el siguiente enlace: Entrevista TV) 



MEDITACIÓN DE LA BITÁCORA


Un instrumento de poderes casi mágicos cambió para siempre la historia de la navegación: la brújula. Su popularización entre los navegantes europeos a partir del S. XV, inició de la era de las grandes exploraciones y el desarrollo comercial de Occidente.

¿Una cajita con una esfera y una aguja magnetizada que nos marca día y noche el rumbo a seguir? ¡Parecía cosa de brujas! Pero este no es el origen de la palabra "brújula". Nada tiene que ver con las señoras montadas en escobas, sino más bien con el recipiente que contenía el instrumento. "Buxida" significaba en latín vulgar "cajita", y de ahí viene la palabra brújula.


En la esfera de la brújula suele ir dibujada una curiosa figura, también presente en las cartas de navegación. Se trata de un círculo que tiene marcados alrededor, mediante rombos unidos por un extremo, los rumbos en que se divide la circunferencia del horizonte. Cada rumbo indica, además, la procedencia del viento, lo cual es fundamental para los navegantes a vela. Los vientos tienen poético nombre y personalidad propia: Tramontana, Levante, Siroco, Gregario, Mistral, Lebeccio, Poniente, Mediodía. Si imaginamos que cada rumbo es un pétalo, la figura se transforma en una flor maravillosa: la Rosa de los Vientos. Se atribuye su diseño a Raimundo Lulio, el Doctor Iluminado, filósofo y místico español del S. XIII, un auténtico genio de la Edad Media (un botón de muestra: ¡creó una máquina de razonamiento, la Ars Magna, precursora de la moderna computación!)


La misteriosa aguja magnética siempre marca el rumbo Norte. ¿Qué es lo que la atraía? La imaginación medieval pergeñó una figura mítica, la Rupes Nigra et Altissima, la Roca Negra y Gigantesca. Se trataría de una gigantesca montaña de roca oscura, fuente de los poderes magnéticos, situada en el extremo boreal del mundo y rodeada de mares turbulentos. Cualquiera que osase acercarse demasiado a ella, perdería la razón. Este mito de las montañas de la locura inspiró inquietantes relatos fantásticos a E. A. Poe y H. P. Lovecraft.


En los veleros de la época renacentista comenzó a instalarse, al lado del timón, una pequeña cabina -que más tarde redujo su tamaño hasta convertirse armario- llamada habitaculum. La palabra se fue deformando con el uso hasta dar lugar a la actual denominación de bitácora. ¿Qué contenía esa cabina y por qué su estratégica y crucial situación? En su interior se guardaban, junto con otros instrumentos de navegación, dos cosas: la brújula y el cuaderno del capitán. Este último, también llamado cuaderno de bitácora, era una especie de diario de a bordo donde se consignaban las principales incidencias del viaje, comentarios del capitán... todo aquello que mereciera la pena reseñar. Era, por decirlo así, la "caja negra" primitiva de los buques.


Hoy día casi todos somos navegantes, ¿no es así? Claro, navegamos, gracias a la informática, por las ondas ("onda", recordemos, significa "ola"). Además utilizamos el instrumento pesquero por antonomasia: la red. En la red y con la red -así se traduce internet y web- capturamos, procesamos y ofrecemos información. Y a algunos Capitanes virtuales se nos da por llevar un diario navegación, un cuaderno de bitácora donde reseñamos aquello que nos parece importante. A esto se le llama, con expresión inglesa, blog, contracción de "web log" (diario en la red). Ahora mismo estáis leyendo mi Cuaderno de Bitácora.

Si extendemos aun más la metáfora, el ser humano es un navegante de la vida. Nos movemos en un medio extraño. A veces naufragamos, a veces el viento nos da alas. Podemos arribar a costas hospitalarias o a acantilados hostiles. Creo que en nuestro corazón hay una pequeña bitácora. En ella guardamos una brújula que nos orienta hacia nuestro destino, una Rosa cuyos pétalos nos indican el viento más favorable y un cuaderno que hace memoria de lo bueno y de lo malo. Nos pueden llevar a buen puerto, evitando toda roca oscura. Sólo se trata de consultar, de vez en cuando, la Bitácora de nuestro corazón.


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sábado, 10 de agosto de 2013

VINCIT QVI SE VINCIT

Por el Dr. Álvaro Bastida

Todos hemos vivido en multitud de ocasiones una suerte de lucha interior, en la que discutimos con nosotros mismos. Suele representarse de forma muy graciosa en los dibujos animados: un angelito susurra en un oído los comportamientos que serían buenos a largo plazo, aunque ahora resulten ahora aburridos o arduos; en el otro oído, un diablillo grita que lo importante es la gratificación a corto plazo , aquí y ahora, sin pensar en las consecuencias. ¿Quién suele ganar cuando se nos presenta ese dilema? Está claro que, si no andamos con cuidado, el que va de rojo y tiene cuernecitos le da una paliza al de la túnica blanca y alitas.

Y es así. Sentimos que siempre hay fuerzas en lucha dentro de nosotros. Por una parte están las ganas, la voz de las emociones, lo que nos pide el cuerpo: seguir durmiendo por la mañana, apoltronarse viendo la tele, comer un pastel más, navegar otro ratito en internet... Pero, ¡ay!, tenemos también un aguafiestas, la voluntad, lo que nos pide la razón: levántate, tienes que ir a ganarte el pan; deja de ver la tele y acude al gimnasio; no comas más, que te sienta mal; apaga el ordenador y haz los deberes... ¡Con lo bien que se está haciendo lo que a uno le viene en gana!. Es la eterna lucha entre el cerebro -la razón- contra las emociones -el corazón.

¿Qué ganas si haces demasiado caso de tus ganas? Pues una recompensa inmediata y un castigo diferido. La recompensa es el placer instantáneo de descansar y consumir -comida, cigarrillos, juegos...-. En cambio, el castigo, el perjuicio de esa conducta, tarda en llegar: la mala salud, los desastres académicos, el fracaso laboral y tantas otras cosas no aparecen en ese momento. Las ganas tienen un alto brillo emocional que nos ciega a un futuro  más allá del siguiente minuto. Ahí radica su éxito y su peligro.

Pero en nuestro interior no sólo hay emociones, también hay una parte razonable que piensa, evalúa, analiza, acumula experiencia y hace planes a largo plazo porque es capaz de ver para prever. Es la voluntad, la voz de la razón. Si le hacemos caso, la recompensa no es inmediata, sino a medio o largo plazo; y esos beneficios los experimentamos tan gradualmente que a veces no nos damos ni cuenta de que se debieron a una sucesión de buenas decisiones: tener salud, éxito académico, ascenso laboral... Por contra, al hacer caso a la voluntad notamos inmediatamente cierto castigo en forma de renuncia a los placeres del descanso y el consumo. Suele indicarnos el camino difícil, por eso nos sentimos inclinados a rechazarlo por el más llevadero de las ganas.

Y por si fuera poco, vivimos en una cultura que fomenta el consumo frente al ahorro, el descanso frente al esfuerzo, el exceso frente a la moderación, la emoción frente al pensamiento, lo fácil frente a lo difícil, lo inmediato frente a lo meditado. Es un tiempo de triunfo de las ganas sobre a la voluntad.

¿Tiene esto alguna relación con nuestra salud bucal? Por supuesto que sí. La salud bucal es una de esas recompensas que se van ganando poco a poco, con voluntad constante. Una batalla que hay que librar todos los días es la higiene bucal, lavarse los dientes después de cada comida. Parece que hay mil cosas más importantes que hacer o da pereza levantarse del sillón donde uno ve la TV después de cenar. Pero no nos demos tontas disculpas: no nos lavamos los dientes porque tenemos mucha prisa o mucho sueño o mucho cansancio. En realidad es que no nos da la gana.



Otra batalla, esta vez semestral. A nadie le apetece ir a la clínica dental cada 6 meses para hacerse una revisión con el odontólogo y una limpieza con la higienista, sobre todo cuando "no duele nada". Pero hacerlo supone, igual que la higiene bucal diaria, un gran ahorro en tiempo, dinero y sufrimientos a largo plazo. Creedme, sé de lo que hablo porque lo veo todos los días en mi consulta. 

Alguien podría pensar que la solución consiste en una imposición total y absoluta de los dictados de la razón sobre las emociones, de la voluntad sobre las ganas. Pero eso es un error. No tienen que anularse una a la otra, sino complementarse. La voluntad es sabia porque la razón ve lejos, pero tiene poca fuerza para movernos; las ganas, en cambio, nos mueven rápido porque las emociones son fuertes, pero son miopes y no consiguen ver más allá de sus narices. Está claro que se necesitan mutuamente.

¿Cómo podemos resolver este conflicto, cómo podemos poner de acuerdo la voluntad y las ganas? Hay un tercer factor que puede mediar entre las dos: la imaginación. Se trata de visualizar, de forma vívida y frecuente, como si estuvieran pasando en ese momento, todas las consecuencias positivas que tendrá la consecución de los objetivos de la voluntad: salud, belleza, éxito, reconocimiento... Es un ejercicio que se llama motivación. Son imágenes inspiradoras que trasladan, en colores vivos, el largo plazo al aquí y ahora. De esta forma, la voluntad puede seducir a las ganas, despertar emociones y concentrarlas en la buena dirección.

Hay una frase que expresa muy bien el momento en el que somos capaces de poner nuestras emociones al servicio de la razón: "echarle ganas". La palabra "echarle" implica un acto de voluntad en el que dirigimos nuestras ganas en pos de un fin. Y eso ocurre cuando media la imaginación entre ambas.

Así pues, la emoción, por sí sola, nos lleva a tontas y a locas por donde nos da la gana en cada instante. La motivación, en cambio, nos guía hacia el objetivo que nos marca la voluntad. Contra una mala emoción, una buena motivación. La clave está en poner voluntad, imaginación y ganas a la vida.

Conozco a una persona excepcional que tiene como lema el clásico aforismo romano: VINCIT QVI SE VINCIT, vence quien se vence. La victoria es para aquél cuya voluntad sabe dominar sus ganas, sus emociones, para dirigirlas a fines más altos, por los que vale la pena luchar. Creo que esa frase latina resume de forma clara y concisa una actitud admirable que, por supuesto, también debemos tener hacia nuestra salud buco-dental. 

"El hombre más poderoso es el que se domina a sí mismo" Lucio Anneo Seneca


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